Alana S. Portero sitúa La mala costumbre en un territorio donde clase, identidad y barrio forman una misma experiencia. San Blas determina el vocabulario, los riesgos y las formas de cuidado disponibles para una niña que aprende a nombrarse mientras lee los códigos de la calle.
El crecimiento de la protagonista avanza entre familia, dinero, deseo y cultura popular. Su identidad toma forma dentro de esas relaciones y de las mujeres que le muestran maneras distintas de habitar el cuerpo y defender una vida propia. Los años concretos de Madrid que atraviesa la historia modifican también las palabras disponibles y las expectativas sobre el futuro.
San Blas tiene voz propia
Las calles marcan ritmos, distancias y límites materiales. El barrio se escucha en las palabras, en el humor y en la manera de reconocer tanto el peligro como la ayuda. Esa precisión convierte el escenario en una fuerza narrativa: cada desplazamiento cuenta qué lugares parecen permitidos y cuáles exigen cautela.
También aparecen las redes que sostienen la vida cotidiana. Vecinas, amigas y figuras de la cultura popular ofrecen referencias parciales, a veces contradictorias. La dureza convive con una energía común capaz de producir belleza, deseo y momentos de celebración. El barrio deja así de ser una etiqueta social y adquiere el espesor de una comunidad recordada desde dentro.
La clase decide el margen de maniobra
El dinero condiciona la vivienda, la educación, el trabajo y el acceso a espacios seguros. Portero enlaza esas condiciones con el modo en que la protagonista explora su identidad. La posibilidad de alejarse, protegerse o empezar de nuevo depende de recursos concretos, y esa desigualdad modifica la forma de cada amenaza.
Los prejuicios individuales se cruzan con instituciones y carencias materiales. La escuela, el empleo y la calle distribuyen exposición y refugio de manera desigual. El cuerpo aprende pronto a reconocer esos límites, y cada estrategia de protección revela cuánto pesa la clase en una experiencia que a menudo se cuenta solo desde la identidad.
San Blas concentra carencias y afectos. La protagonista pertenece a un lugar que puede herirla y sostenerla en el mismo día; esa tensión evita tanto la postal de miseria como la nostalgia complaciente. El vínculo con el barrio se vuelve una relación compleja, hecha de lealtad, rabia y memoria.
Las mujeres abren futuros
Madres, vecinas, amigas y mujeres admiradas componen una genealogía irregular. Algunas protegen, otras se equivocan y otras apenas alcanzan a intuir lo que ocurre. Sus gestos ofrecen a la protagonista un repertorio de feminidades y estrategias de supervivencia más amplio que los papeles asignados.
La solidaridad adquiere peso porque nace de personas con límites propios. En esa red caben el humor, la dureza, la ternura y el desacuerdo. Portero construye una comunidad viva que acompaña el aprendizaje sin convertirlo en una marcha ordenada hacia una identidad definitiva.
Cada mujer aporta una posibilidad distinta de futuro. Un modo de hablar, vestirse, resistir o cuidar puede quedar guardado durante años y reaparecer cuando la protagonista necesita imaginarse fuera de los marcos impuestos. Esa herencia afectiva enlaza la formación individual con una memoria compartida.
El cuerpo encuentra sus palabras
Nombrarse sucede por etapas. La protagonista atraviesa insultos, deseos, referencias culturales y palabras prestadas antes de construir una relación propia con el cuerpo. Cada edad aporta una percepción distinta, y la voz adulta conserva la vulnerabilidad de esos momentos.
La mirada retrospectiva une crudeza y belleza. La infancia ya contiene imaginación y recursos para sobrevivir; la adolescencia amplía el deseo y el peligro; la vida adulta vuelve sobre esas escenas con una lengua capaz de reconocer cuánto costó llegar hasta ella. La mala costumbre convierte esa formación íntima en una historia de clase, barrio y mujeres que hicieron imaginable el futuro.
